Guillermo Arthur Errázuriz
Presidente FIAP

Durante más de un año el país ha sido testigo de la discusión de un proyecto de ley para mejorar las pensiones de los trabajadores chilenos. Es importante revisar ahora los mecanismos de los que este proyecto se ha valido para lograr este objetivo, que, sin duda, es una aspiración de toda la población.

Basta revisar sus aspectos medulares para advertir que, salvo un incremento en la tasa de cotización, no existen iniciativas robustas ni innovadoras encaminadas a fortalecer un sistema de pensiones que sea capaz de enfrentar los enormes desafíos que impone la demografía y la economía del mundo actual.

Era evidente que la tasa de contribución vigente, del 10% de la remuneración bruta de los trabajadores, resulta completamente insuficiente para financiar las pensiones a las que ellos aspiran, incluso para aquellos que tienen una adecuada regularidad de sus cotizaciones en el tiempo.

En la urgencia de financiar las pensiones de los actuales jubilados, el debate se centró en decidir qué porcentaje del incremento se destinaba al fondo colectivo de reparto, en lugar de incorporarse a la cuenta de ahorro individual del trabajador.

No vamos a repetir argumentos que otros con mucho mayor propiedad han repetido respecto de la crisis de los sistemas de reparto frente al envejecimiento de la población. El efecto combinado del aumento de las expectativas de vida y la disminución de la tasa de natalidad agravada por los altos índices de informalidad se traduce en que donde existían siete trabajadores cotizantes por cada jubilado en el año 1980, hoy no existen más de dos.

Pero cuando estas razones más abstractas no se quieren ver, examinemos los efectos prácticos que ha tenido el sistema de reparto donde aún se mantiene vigente, como es el caso de los países europeos, en que por razones fiscales no han podido hacer un cambio estructural en su modelo previsional. En primer término, estos países han tenido que asumir con recursos públicos el desfinanciamiento de las pensiones, con lo cual la deuda previsional se ha hecho insostenible (por ejemplo, en Grecia es casi 9 veces el PIB; en el caso de Portugal, cinco veces; en el caso de Italia, cuatro veces; y en España 2,5 veces).

Esto lo han debido hacer no obstante los cambios paramétricos que constantemente han estado obligados a efectuar. Fue así como entre 1995 y diciembre de 2019, un total de 78 países incrementó la tasa de cotización en sus programas de reparto; 61 debieron aumentar la edad de retiro; y 61 ajustaron la fórmula de cálculo de los beneficios, recortando o congelando el monto de las pensiones de vejez. Todo lo anterior, no obstante que la tasa de cotización en esos países casi duplica la de los sistemas de capitalización latinoamericanos.

Mientras nuestro país continúa buscando cuántos puntos más destina al sistema de reparto, los países europeos que por razones fiscales no han logrado deshacerse del mismo han establecido mecanismos para buscar la manera de incrementar lo que se destina a los sistemas de capitalización en programas complementarios al sistema de reparto.

Solo a modo de ejemplo, el Reino Unido estableció un sistema de enrolamiento automático (automatic enrolment) en virtud del cual el empleador está obligado a inscribir a todos los trabajadores mayores de 22 años y que cumplan con los demás requisitos y realizar aportaciones a su favor, siempre que el empleado contribuya con el porcentaje que le corresponda. Desde abril de 2019, la aportación mínima obligatoria para el enrolamiento automático asciende a un 8% del salario, y de ese total, un 3% es a cargo del empleador, un 4% a cargo del empleado y un 1% de aportación a cargo del Estado.

El programa de enrolamiento automático en el Reino Unido ha tenido un éxito rotundo, toda vez que el 87% de los trabajadores elegibles participan en él, y solo un 9% de los que han sido inscritos automáticamente optan por salirse del mismo. Este programa ha incrementado la participación de todos los grupos de edad, especialmente los más jóvenes y las mujeres, que han igualado a los hombres. NEST, uno de los programas más grandes creados para apoyar el enrolamiento automático, tenía, a marzo de 2019, ocho millones de trabajadores afiliados, inscritos por 800 mil empleadores, y contaba con un total de activos bajo gestión de aproximadamente US$ 7.310 millones.

Además del Reino Unido, en muchas otras partes del mundo están en aplicación mecanismos de esta naturaleza, tales como en Estados Unidos, Nueva Zelandia y más recientemente en Irlanda, con especial éxito para cumplir el objetivo de incrementar el ahorro de los trabajadores.

Es lamentable que la discusión parlamentaria en Chile no haya investigado los resultados de experiencias exitosas en el mundo y se hayan concentrado en el incremento del sistema de reparto, con las consiguientes consecuencias negativas que tiene para la sostenibilidad del sistema de pensiones.

Eso se llama ir contra la corriente.

Fuente: El Mercurio
11 de marzo